6/10/2009

Banda Conmoción y la casualidad

Diez y veinte. Las escaleras del metro tienen poco uso. Sólo alcanzo a ver hasta el décimo peldaño de la escalinata de bajada, y allí está la cabeza de Alexander Muñoz, gritando mi nombre y preguntándome a dónde me dirijo. La respuesta es obvia: a ver a la Banda Conmoción al Galpón Víctor Jara, junto a La Mano Ajena. Pero el azar me tiene destinado otro recorrido, ya que el encargado de parte de las percusiones de la banda me dice: ¡vamos a un matrimonio primero, acompáñanos! Así en vez de bajar por la escalinata con destino a la estación Tobalaba, tomó en el sentido contrario, rumbo a Plaza Egaña, donde ya se encuentra parte de la banda esperando para partir a ser parte de una sorpresa para la novia. Cada uno llega de distintas maneras, y la caravana musical las emprende rumbo a La Reina alta, donde las distintas evocaciones personales en torno a los moteles del sector son parte de los comentarios del recorrido. Al llegar la presencia de los músicos no pasa desapercibida, el despliegue de instrumentos y la troupe se hace notar. A lo minutos hay cuatro mesas preparadas con alimentos y bebestibles para los intérpretes, y luego ya hay varios micrófonos dispuestos y los instrumentos esperan a sus ejecutantes, así como los asistentes al matrimonio que ya e han movido desde el interior del local, a un patio encarpado, donde unos minutos después todos se agitarán al ritmo de Banda Conmoción. Todos se arriman a los músicos, el espacio se vuelve pequeño entre los invitados y la banda, así como pequeño parece el tiempo en que la banda ejecuta su repertorio. Todos quieren que la banda siga, todos quieren que ellos toquen toda la noche, incluso aquellos que los ven por primea vez y que no pueden dejar de sorprenderse, no por el hecho de que la banda se encuentre allí tocando para los novios, y acompañando las tradiciones de la liga y el baile de los novios, sino por como esos sonidos hasta ayer ajenos, los hacen moverse sin inhibiciones, sin preocuparse por las miradas del vecino, por los roces con las otras y los otros bailantes, sin medir el ridículo al subirse sobre una mesa para bailar… Pero la banda sigue adelante, sigue con sus ejecuciones, partiendo desde ese “Pasito” que cada vez me convence más, con la solicitud de repetición del “Pregonero”, con esos “Cumbiones” que desde sus pequeñas letras despiertan un doble atractivo, o desde “Mentira” que identifica a muchos de los asistentes. Todo eso mediado por el interés de los asistentes, por las miradas fijas en los instrumentos, en los aplausos para quienes bailan, para las “cañas” que se dan vueltas por el escenario, por los trombones y el bombardino que suenan desde el fondo del espacio, desde las intervenciones vocales, que ya habían recibido comentarios y preguntas antes de empezar a tocar (¿vino el qué canta?, me pregunta una invitada; desde los pasos de la platillera que sacan loas no sólo de los hombres, sino imitaciones varias de las mujeres; la coreografía de las trompetas, que en cada nueva versión va sumando elementos y variaciones. Y mucho más, en un escenario no tradicional, en una pequeña fiesta privada, donde los amigos, las amigas y los parientes de la novia y el novio se solazan por unos instantes en un despliegue musical que terminan siendo una sorpresa para todos, no solo para la novia, que tendrá un recuerdo imborrable, y que en mi caso surgió desde el azar… WILSON WANDERVIAL